Vuelos Venecia desde donde visitaremos ciudades como Aquileya,
que fué magnífica ciudad en la época
romana augustea, y después de las destrucciones de
los bárbaros en el alto Medioevo. A partir del siglo
V, fué sede de patriarcado que luego, siendo veneciano,
alcanzó su máximo esplendor en el siglo XI.
Vino después lentamente la decadencia hasta reducirse
al burgo actual. Solitaria y austera se eleva la poderosa
Basílica (1031), cuyo interior ha sido construido en
épocas diferentes, con pavimento a mosaico, el más
rico y fastuoso de todo el arte occidental.
Visitaremos también la majestuosa ruina del Foro Romano,
un bonito Museo Arqueólogico con mosaicos, sarcófagos
y retratos romanos entre los cuales uno muy notable de Tiberio.
Desde Aquileya, por una de las carreteras maestras de la civilización
adriática, a los 17 km llegamos a Grado.
Vuelos a Venecia le acercará más a San Cromacio
de Aquileya. Nació en Aquileya, ciudad de la Italia
septentrional, hacia el año 340, en el seno de una
familia profundamente cristiana. Los pocos datos que conservamos
de su infancia y adolescencia proceden de una carta de San
Jerónimo y de la Apología de Rufino. Desde el
año 370 fue miembro del clero de su ciudad. En calidad
de colaborador del obispo Valeriano participó en el
Sínodo local que, convocado en el 381 bajo la dirección
de San Ambrosio, condenó el semiarrianismo.
A la muerte de Valeriano en el 388, Cromacio ocupó
la sede de Aquileya. En el desempeño de este cargo
desarrolló una intensa actividad pastoral durante veinte
años, dedicándose por entero a la predicación,
a la administración de los sacramentos y a las tareas
de gobierno. Murió en el año 407 ó 408.
De su abundante producción literaria sólo conservamos
45 homilías —algunas en estado fragmentario—,
y 61 tratados. Estos dos tipos de obras descubren otros tantos
rasgos importantes de la figura de San Cromacio: al lado del
pastor, preocupado por enseñar las verdades de fe a
sus fieles, surge el exegeta, que realiza con erudición
y piedad el comentario a los textos evangélicos de
San Mateo.
Escribió también numerosas epístolas—que
se han perdido—a personajes de la época: San
Ambrosio, San Jerónimo, San Juan Crisóstomo...
A través de ellas, estimuló en su trabajo de
traductores a San Jerónimo y a Rufino de Aquileya,
animándoles a poner al servicio de la Iglesia sus conocimientos
lingüísticos.