Vuelos a Venecia, ciudad precaria sobre las aguas de la
laguna Véneta es en realidad un fruto azaroso, un
capricho que a nadie pertenece y que nadie pudo deliberadamente
urdir.El tópico afirma que Venecia es una urbe maloliente,
plagada de mosquitos en la estación estival y de
turistas en casi cualquier época del año.
Son proverbiales las referencias a sus colas, a los miles
de japoneses que simultáneamente la inmortalizan
en sus videocámaras y a lo angustioso que puede
resultar conseguir mesa para cenar en una trattoria contigua
a alguno de los canales. Muchos de estos tópicos
desalentadores, si no todos, son ciertos, y pueden llegar
a serlo además hasta extremos insufribles.
Pero lo grandioso de ese frágil milagro que constituye
Venecia es que sus muchas desventajas se vuelven absolutamente
irrelevantes. Como les sucede a muchos otros, viajé
a Venecia cargado de advertencias acerca de sus miserias
y fastidios. Y como mucha otra gente a la que he podido
conocer, volví de ella con un rastro debilísimo
de los inconvenientes sufridos y la huella imborrable
de una fascinación profunda.
No hay muchos lugares del mundo a los que consideraría
una frustración verme impedido de regresar algún
día. Venecia es uno de ellos.
Venecia es un sitio singular, entre otras razones, porque
su historia también lo es. La leyenda asegura que
la ciudad fue levantada de la nada, en mitad de la laguna
litoral a orillas del mar Adriático que la rodea;
pero los relatos históricos más fiables
nos dicen que las islas ya existían y que fueron
ocupadas, tras el desmoronamiento del imperio de Roma,
por fugitivos procedentes del continente que encontraron
en estas tierras pantanosas un refugio frente a los invasores
longobardos.
En el territorio insular del Rialto, donde hoy se erige
Venecia, defendidos por la barrera natural de las aguas
de la laguna, construyeron aquellos antiguos moradores
sus casas, y pronto se acogieron a la protección
de Bizancio, bajo cuya autoridad e influencia cultural
transcurrirían los primeros siglos de existencia
de la ciudad.
Cuando Bizancio no pudo seguir amparándolos, ante
la presión de los longobardos, primero, y de Carlomagno,
después, los venecianos iniciaron su andadura independiente,
que a lo largo de los siglos debieron defender frente a
una larga lista de aspirantes a reducirlos: desde el propio
Carlomagno hasta Napoleón, pasando por el Papa de
Roma, con el que nunca hicieron buenas migas, y los emperadores
germánicos, sin olvidar las pugnas sostenidas con
bizantinos, genoveses y turcos.
En todo caso, lo que hoy vemos de la ciudad es lo que quedó
tras su decadencia. Durante gran parte del siglo XIX Venecia
fue una posesión más del Imperio Austrohúngaro
(al que tanto se había resistido), y cuando se
formó el Reino de Italia y la ciudad pasó
a integrarse en él, ya muchos de los palacios de
los antiguos patricios venecianos estaban en ruinas.
El morboso encanto de la ciudad, la atracción
que ejercía en viajeros adinerados de otras latitudes
(singularmente ingleses) la salvó de desaparecer
entonces. Ya en pleno siglo XX, ese mismo encanto, encauzado
hacia el turismo masivo, permitieron rescatarla in extremis
frente a la amenaza que representaban la contaminación
de la laguna y la subida del nivel de las aguas. Aún
hoy, con su población muy mermada (menos de la
mitad de la que tenía en los tiempos de la Serenísima),
y con no pocos edificios en un pésimo estado de
conservación, Venecia sigue pareciendo un organismo
en permanente peligro de sucumbir.
Es quizá esa supervivencia imposible y fantástica
uno de sus mayores alicientes, y una de las claves del
afecto que despierta. Para sentir ese afecto, y el estímulo
a la sensibilidad y a la imaginación que el paisaje
veneciano supone, difícilmente puede sumi-nistrarse
una pauta precisa.
Quizá lo mejor sea abandonarse al azar desde el
principio. Si acaso, puede recomendarse observar la precaución
de llegar a ella por el agua, como ocurrirá si
se aterriza en el aeropuerto Marco Polo (que es lo más
común).
Aunque los conductores de las lanchas motoras que hacen
de taxis por las aguas de la laguna son más bien
proclives a la navegación temeraria, y se mueven
a una velocidad bastante alarmante, pocas experiencias
hay comparables a la de ver emerger de las aguas la torre
del Campanile y después los demás edificios
que identifican las islas de Dorsoduro y San Marco; singularmente
la enorme iglesia de la Salute, en la primera, y el palacio
ducal y la basílica de San Marcos, en la segunda.
Quien esto escribe tuvo la suerte de llegar a Venecia
de noche (aunque no lo debí a mi propia previsión,
sino a una demora de Alitalia) y confieso que aquella
visión desde el agua de la ciudad iluminada me
resultó casi perturbadora.
Una vez en Venecia, no hay que preocuparse demasiado por
el lugar exacto donde se encuentre el hotel, siempre que
esté en San Polo, San Marco o Dorsoduro, los tres
sestieri (barrios) centrales de la ciudad. Ni tampoco,
dentro de un orden, por la categoría del esta-blecimiento.
Es casi imposible alojarse en Venecia en un sitio que
carezca de atractivo.
Sin duda que los petulantes y afamados hoteles que se
alinean a lo largo del Gran Canal cuentan con el valor
añadido de unas magníficas vistas. Pero
nada le impide a uno, en una ciudad asomada al nivel del
mar, obtener esas mismas vistas como peatón, con
el detenimiento que desee. Y siempre se puede ahorrar
un buen pico durmiendo en alguno de los muchos hoteles
agradables que hay fuera de tan privilegiado y exclusivo
emplazamiento. A partir de ahí, Venecia será
una fuente inagotable de descubrimientos gracias al simple
caminar.
Es imprescindible visitar el Palazzo Ducale. Verdaderamente
impresionante, como la enorme sala del Maggior Consiglio.
No debe perderse el recorrido guiado por las cámaras
secretas del palacio, incluidos los calabozos, las dependencias
de la Inquisición y los despachos de antiguos funcionarios.
El Palazzo Grassi. Primoroso palacio dieciochesco dedicado
a albergar exposiciones temporales. En estos momentos, la
gran muestra de Balthus que supone un aliciente adicional
para el viaje. La exhibición permanecerá abierta
hasta el 6 de enero de 2002, todos los días de 10
a 19 horas. Academia. Notable pinacoteca, entre cuyas valiosas
piezas se cuentan La tempestad, de Giorgione,y el retrato
de joven en su escritorio, de Lorenzo Lotto, a cual más
inquietante.
Las Iglesias. Hay tantas que cuesta hacer una selección.
Desde luego, la basílica
de San Marcos y el Campanile son las más famosas,
pero también la Salute, la Pietà (para cuyo
coro componía Antonio Vivaldi) y la enorme Santa
Maria Gloriosa dei Frari, que guarda el corazón
de Canova. Lido.
Aquí sí hay coches, pero a pesar de todo
merece la pena darse un paseo hasta la playa frente al
Hotel des Bains, donde el pobre Gustav von Aschenbach
de Muerte en Venecia espiaba al joven Tadzio y finalmente
moría, cegado por su belleza.
El antiguo barrio judío, Ghetto que dio nombre a
todas las juderías del mundo y por extensión
a cualquier barrio habitado por una comunidad separada.
La tolerancia veneciana atrajo, entre otros, a numerosos
sefardíes falsamente renegados que aquí
retomaron sus cultos. O subir en los vaporetti.
Así se llaman los autobuses acuáticos de
Venecia. Constituyen la mejor manera de recorrer el Gran
Canal, un trayecto tópico pero que no puede dejar
de hacer. Lo ideal es tomar la línea que vuelve
por el canal de la Giudecca, una isla exterior de fantasmagórico
paisaje industrial.
Museo
Storico Navale. A Venecia la hicieron grande sus barcos
y sus navegantes. Aquí podrá averiguar cómo
eran. Y las Islas de la laguna. San Michele, con su cementerio,
es un viaje muy recomendable para los necrófilos.
Burano, la más típica, un paraje agradable.
Murano, visítela si le sobra tiempo, pero no le traiga
a nadie por quien sienta algún aprecio ninguno de
los espantosos .objetos de vidrio.
Naturalmente hay tiendas de cualquier marca de lujo y
de recuerdos para turistas. Pero son especialmente interesantes
las de material de escritorio y papelería. Si quiere
hacerse con un cuaderno, papel o pluma que proporcione placer
además de utilidad, tendrá donde elegir.
Una ciudad que se prepara para la gran fiesta. Eso es Venecia
en febrero. Recorriéndola uno puede percibir esa
extraña atmósfera que se siente en cada una
de sus estrechas calles y numerosos canales. Época
de carnaval, época de celebración constante
en palacios y plazas. Para saber más sobre el carnaval,
Venecia.
Vuelos a Venecia le dá la oportunidad de visitar
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