El hombre que escribió "No volverán
aquellos anchos días que sostuvieron, al pasar, la
dicha", falleció sumido en la tristeza y en
la desesperación la noche del 23 de septiembre de
1973, en la Clínica Santa María de Santiago
de Chile.
Tenía 69 años. Salvador Allende había
muerto días antes, todo se había derrumbado
a su alrededor y se sintió morir. Lo llevaron rápidamente
de Isla Negra a la capital.
Cuando murió, los fascistas saquearon sus casas
de Valparaíso y Santiago. Si uno quisiera conocer
todas las moradas que acogieron al poeta, tendría
que plantearse la vuelta al mundo. Pero dejando las cosas
en su justa medida, un fin de semana en Santiago de Chile
resulta suficiente. En esta ciudad se conmemoró el
año pasado el 25 aniversario de la muerte del poeta.
Hubo chilenos que se trasladaron en un tren especial a
Temuco, donde transcurrió su infancia, y quizá
más de uno se acercó a Parral, donde nació.
En Temuco recordaron su casa, "situada en los cimientos
de la lluvia", que se divisa desde el cielo, cuando
el avión se dirige a Punta Arenas desde Santiago.
Pero realmente el periplo arranca en Santiago de Chile,
y decir Santiago es nombrar La Chascona, su casa de la capital.
Fue en 1955, tras separarse de su segunda mujer, Delia del
Carril, cuando se asentó en el nuevo hogar, junto
a la que sería su tercera y última esposa,
Matilde Urrutia, a la que dedicó anónimos
y apasionados poemas, Los versos del Capitán, para
no herir a Delia, todavía su mujer legal.
Curiosamente, en Confieso que he vivido Neruda sólo
dedica un par de líneas a La Chascona: "Construí
mi casa y me fui a vivir en ella con Matilde Urrutia".
Pero será esta chilena de Chillán la que mejor
cuente su vida en La Chascona en el libro Mi vida junto
a Pablo Neruda, de imprescindible lectura antes de abordar
este itinerario nerudiano. Para llegar a la casa santiagueña
se puede tomar un taxi o mejor, sin prisas, utilizar el
metro hasta la estación El Salvador.
Se cruza el río Mapocho por el Puente del Arzobispo
y se pasa a La Chimba, es decir, al otro lado del río,
en idioma quechua. La Chascona está situada en la
ladera del cerro de San Cristóbal, en el barrio Bellavista,
y Matilde y Neruda eligieron el lugar por "la música
de dos canales y una vertiente" que por estos lares
discurrían. Es estupendo darse un paseo contemplando
las tiendas dedicadas a la artesanía en piedra lapislázuli,
llegada de los yacimientos chilenos, muy apreciada desde
hace miles de años.
La mansión se levanta sobre una pendiente, a la
entrada hay un monolito y en su curiosa arquitectura la
construcción más antigua imita a un barco.
Los árboles y la vegetación se integran a
la perfección en el conjunto.
Hay cuadros de gran interés, de Siqueiros, de Ribera
y sus amigos de la época mexicana. También
preciosos libros salvados del saqueo o recuperados pacientemente.
Pero quizá ese recuerdo del saqueo nos haga sentir
que todo lo que vemos esté falto del calor humano
de los que la hicieron posible.
A pesar de ello, todo se ha rehabilitado con mucho gusto.
Cumplimentada esta visita, queda otra más lejana.
Como no existen viajes organizados a Isla Negra, lo más
práctico es alquilar un coche para llegar a este
lugar a través de una rápida y cómoda
autopista, y después seguir camino hasta Valparaíso.
Un solo día resulta escaso, dado que la casa de Valparaíso,
La Bastiana, cierra a las seis de la tarde.
Merece la pena dormir en Valparaíso,
en Viña del Mar o en Reñaca, junto al mar,
y de esta manera conocer pausadamente una ciudad que Neruda
amó y cantó. "Valparaíso es secreto,
sinuoso", escribe Pablo Neruda en Confieso que he vivido.
Por supuesto que "Isla Negra" no es una isla,
sino una localidad costera ahora de moda y con casas de
fin de semana y vacaciones.
Neruda empezó a trabajar en su Canto General y "para
esto necesitaba un sitio de trabajo", escribe. "Encontré
una casa de piedra frente al océano en un lugar desconocido
para todo el mundo, llamado Isla Negra. El propietario,
un viejo socialista español, capitán de navío,
don Eladio Sobrino, la estaba construyendo para su familia,
pero quiso vendérmela". El poeta no tenía
dinero pero, con anticipos editoriales, en 1939 compró
lo que denominó "mi casa de trabajo".
En la actualidad, la casa de Isla Negra es más bien
un museo de coleccionista de muchas cosas. Pablo Neruda,
gran viajero, cónsul volante y más tarde embajador,
adquiría objetos y artilugios por todos los rincones
del mundo. También sus amigos le hacían regalos
conociendo sus aficiones. Famosa su colección de
mascarones de proa, sus botellas de diversos tamaños
y colores, sus estribos ecuestres, sus caracolas.
Todo ello se va viendo, acompañados de un guía
que insiste en que no está permitido sacar fotos
y que conduce a los visitantes por riguroso turno, tras
haber pasado por taquilla. Y en la playa, en Isla Negra,
descansan juntos Matilde y Pablo, en una tumba rocosa siempre
repleta de flores depositadas por los admiradores.
Después de esta visita nos espera Valparaíso
y otro de los hogares de Neruda, la casa-museo La Sebastiana,
bautizada así por el poeta en honor a su constructor,
Sebastián llado."Quiero hallar en Valparaíso
una casita para vivir y trabajar tranquilo" escribiría
el genio a Sara Vial. A renglón seguido enumeraba
condiciones muy precisas, sobre todo la última: "Además,
tiene que ser muy barata. ¿Crees que podré
encontrar una casa de estas características en Valparaíso?",
terminaba preguntando.
Se la encontraron. Ahora es un museo, menos importante
que los dos anteriores pero muy digno de ser visitado, sobre
todo por las vistas panorámicas que se divisan desde
sus ventanas.
Para
más información.