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Vuelos a Paris


Vuelos a Paris desde donde visitaremos el valle de Loira. Entre recuerdos feudales e influencias italianas, el castillo de Chambord marca el apogeo del Renacimiento francés.

El "Valle de los Reyes" francés, por el que serpentea el río Loira, reúne un incomparable rosario de castillos renacentistas. En este "jardín de Francia", cuya luz y apacibilidad son legendarias, los hombres han forjado un armonioso mosaico de paisajes.

En la noche del 28 al 29 de mayo de 1418, el centro político de Francia cambiaba de residencia. El delfín, futuro Carlos VII, abandonaba París, ocupado por los borgoñones1, aliados de los ingleses.

A partir de entonces y durante todo un siglo los reyes se instalaron en Turena. Amantes de la arquitectura, apasionados por la cultura italiana descubierta en las campañas que llevan a cabo en dicha península, Carlos VIII, Luis XII y Francisco I transformaron las lúgubres fortalezas medievales de Amboise y Blois en suntuosas residencias reales.

Súmum de la elegancia y de la desmesura, con sus 440 habitaciones y 365 chimeneas, Chambord marca el apogeo de esta época gloriosa. Tras la magistral victoria de Marignan en 1515, Francisco I le confió su construcción a Leonardo da Vinci.

En torno a una extraordinaria escalera de doble hélice, este genio italiano elevó un edificio de gran elegancia y personalidad que parece surgir súbitamente de la espesura del parque, poblado de venados y jabalíes.

Contagiados por este ardor de construcción de los monarcas, los nobles y personajes destacados de la Corte trenzan, entre Tours y Orleans, una guirlanda de castillos con evocadores nombres como Beauregard, Villesavin, Cheverny (véase mapa)...

Obras de financieros inspirados, Chenonceaux y Azay-le-Rideau son sin duda los que alcanzan mayor grado de refinamiento.

Ambos cruzan respectivamente los cursos del río Cher y del Indre con una gracia particularmente femenina, y en ellos reinan aún las sombras de Diana de Poitiers -la favorita de Enrique II- y de la reina Catalina de Médicis.

Cinco siglos después, visitantes de todo el mundo se precipitan a admirar esta excepcional concentración de monumentos históricos, gran exponente del arte francés en todo cuanto posee de refinamiento, equilibrio y fantasía.

Brotaron por casualidad ciudades y castillos al borde del Loira y de sus afluentes. Este impetuoso río, que marca la frontera entre el norte y el sur de Francia, era el primer gran obstáculo que encontraban los invasores. El llamado "camino que anda" fue además hasta el siglo XIX el reino de la navegación.

Gracias a la prosperidad que les procuraba el comercio fluvial, cada ciudad contaba con un puerto al que venían a amarrar las gabares, grandes embarcaciones de fondo plano y vela cuadrada, capaces de remontar la corriente gracias a los vientos dominantes del Oeste.

Todavía hoy, este Loira salvaje de luces cristalinas y bancos de arena en perpetuo movimiento, constituye la osatura y la unidad de una región plural, con ciudades y paisajes marcados por la Historia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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