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Vuelos a Berlín


Vuelos a Berlín desde donde viajaremos a la ciudad de Potsdam, asiento de suntuosos palacios y parques de los reyes de Prusia, sede de la histórica conferencia aliada tras la Segunda Guerra Mundial, Potsdam es, desde 1991, Patrimonio Cultural de la Humanidad. Una ciudad cuyo espíritu está ligado al militarismo y al orden pero también al refinamiento, al arte y a la belleza.

En el río Havel, justo después del extremo suroeste de Berlín, Potsdam se convirtió en residencia de las clases adineradas alemanas a partir del siglo XVII. Dejaron tras de sí palacios impresionantes y nauseabundos a la vez, como testamento de sus propios egos. Schloss Sanssouci (el castillo de la Despreocupación) fue encargado por Federico el Grande a mediados del siglo XVIII y emula la grandeza y majestuosidad francesa de las que tan enamorado se sentía. Desgraciadamente, la visión de Federico por asumir la suntuosa elegancia gala fue tan fidedigna como la abominable poesía francesa que escribió. También se encuentra aquí la mansión de imitación Tudor de Guillermo II, que fue utilizada por los aliados en julio de 1945 para decidir el destino de la derrotada Alemania en la famosa Conferencia de Potsdam.

Durante su primera residencia berlinesa, de la que partiría al exilio debido a la persecución nazi, Bertolt Brecht escribió un poema que se llama “Hacia Potsdam bajo los robles”. Y es que, yendo a los orígenes, el primer nombre del que se tiene noticia en el lugar, Poztupimi, significa en lengua eslava “Bajo los robles”. Ya en los siglos VIII y IX se detalla la existencia de un fuerte eslavo en la desembocadura del río Havel. Tres siglos más tarde, junto con la expansión feudal de los germanos, el cristianismo hace pie en la zona. La ciudad adquiere su derecho como tal en 1345, antes que su vecina Berlín, distante a sólo 20 kilómetros. Y su muralla perimetral con fosa en el siglo XVI, poco antes de adoptar la religión protestante.

En la Guerra de los Treinta Años, comenzada en 1618, Potsdam es saqueada y devastada. Ida la guerra, llega la peste, diezmando todavía más a la población. Sin embargo, en 1660, el gran elector Federico Guillermo adopta este verde poblado como segunda residencia. Hace construir un palacio y plantar árboles exóticos.

Vuelos a Berlín le descubre paseos, surcados por mansos lagos, donde se respira un aire que huele a castaños e invita a la contemplación. La vista descubre estatuas y fuentes, cuando no directamente templos o palacios. El de la Orangerie, donde durante el invierno se protegían los naranjos, dispone hoy de una sala con reproducciones de Rafael. Bajando sus escalinatas, adentrándose en el parque, se encuentra la Casa de Té. Guarecida por dorados mandarines chinos, que brillan entre dragones, poetas y músicos, en la actualidad exhibe una colección de porcelanas del siglo XVIII.

No muy lejos está el Palacio Nuevo, una obra imponente, hecha a la medida de Federico el Grande, con sus 240 metros de frente, sus ventanas orladas en oro, su sala de espejos y sus paredes revestidas de caracoles exóticos. El rey, quien tanto se inmiscuyó en los planos que forzó la huida del primer arquitecto, catalogó la obra como una fanfarronada. Aquí residirá Guillermo II, el último emperador alemán.

Los palacios e iglesias símbolos de un poder decrépito y derrotado. Muchas fachadas recuperables son tiradas abajo. Lo mismo que el Palacio de la Ciudad y la Iglesia Garnisson. A la tenacidad del historiador de arte ruso Jewgenij Ludschuweit hay que agradecerle que el Palacio de Sans Souci no sea dinamitado. Tras la caída del Muro, ha comenzado un largo proceso de restauración, completado ya en varios palacios, en el barrio holandés y la antigua ciudad barroca. En 1991 la Unesco declara el conjunto arquitectónico patrimonio cultural de la humanidad. Potsdam brilla entre las huellas de poderes insepultos.

Sitios como el antiguo centro de esparcimiento de la oficialidad soviética, corroído y cuadradote, con despintadas leyendas en ruso y ni un solo vidrio sano, sigue presidido desde el bronce por un Lenin vigoroso, sonriente, a punto de quitarse el saco, como quien acaba de llegar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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