Vuelos a Atenas, le ubica en el siglo IV. en una situación
histórica crítica, Isócrates buscará
desde su perspectiva cultural alcanzar tanto la unidad de
todos los helenos como la superación de la decadencia
de su polis, Atenas.
Para esto será necesario educar a las nuevas generaciones
de atenienses por medio de la retórica, único
agente formativo capaz de dotar al ciudadano y al dirigente
con las herramientas fundamentales para salvar a Grecia
de un ocaso total. A través de su modelo intelectual
y de vida, Isócrates esperaba lograr un efecto multiplicador,
transformando a sus educandos en educadores políticos
de otros ciudadanos, que a su vez continuaran la labor emprendida.
En esta ponencia analizaremos la docencia política
que ejerce Isócrates, lo que entiende como formación
del dirigente y el uso que éste debe hacer del poder
en sus manos.
Como es sabido, después de las Guerras Médicas
toda Grecia quedó sumida en luchas interminables
por el poder. Los efectos desastrosos de la guerra en la
vida de todos los estados griegos hizo que las clases dirigentes
buscaran caminos para terminar con una crisis que amenazaba
extenderse por tiempo ilimitado.
Superar la decadencia moral y política de Atenas
era un paso fundamental para griegos como Isócrates
(436-338 a.C.) si se quería conseguir el orden general
del mundo griego y la unidad política de todos los
helenos (panhelenismo).
A través de sus escritos, de enorme valor histórico,
Isócrates aborda la educación política
del ciudadano ateniense como piedra angular de su proyecto
político. No ignoraba que la situación de
Atenas no le permitiría lograr por sí misma
la prosperidad de la Hélade.
Razón por la que “encontrar la empresa común”
de la unidad de los estados griegos equivalía “a
salvar a los griegos como nación, concepto que se
formulaba en el marco de un naciente pensamiento nacional.
En su famoso “Panegírico” (“panegyris”,
380 a.C.) Isócrates sugirió a sus compatriotas
que cesaran las luchas internas (“nos falta poco –decía-
para declararles la guerra a todos los hombres”) y
defendió con insistencia la unificación de
las ciudades-estado como única medida de protección
contra los persas.
Tras fracasar en su empeño por lograr estos objetivos
e imponer la areté (o virtud) espiritual sobre la
física, Isócrates instó a Filipo II
en su “Discurso a Filipo” (346 a.C.) para que
encabezara las tropas griegas en guerra abierta contra Persia;
como lo proponía paralelamente su conciudadano Demóstenes.
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